Jordi Spaulding apuró su bourbon sin despegarse de la ventana de la sala de reuniones. A 103 pisos de altura la vista de la ciudad era imponente.
Se giró y encaró la alargada mesa de caoba alrededor de la cual se sentaban los altos cargos de su empresa, todos expectantes por oírle.
"Señores, el último trimestre nos hemos superado, reventando todas las expectativas de venta". Risas y aplausos.
"El éxito se debe en parte a la adquisición de empresas estratégicas como Mills & Sons". Aquiescencia generalizada.
"Pequeñas empresas que revolucionan el sector de la ingeniería a lo largo y ancho de este país, y que nos adelantarían si vacilamos".
"Por ello hay que..." Alguien pateó la puerta del fondo, que se abrió de golpe rebotando contra la pared e interrumpiendo su discurso.
Un joven de aspecto desaliñado, con unas ojeras prominentes y cara de pocos amigos, entró sin apartar su mirada de la cara de Spaulding.
"¡Señor Mills!", exclamó Spaulding. "Precisamente estábamos hablando de usted en estos instantes... ¿cómo está su padre?"
"Falleció ayer", respondió Mills secamente. Tras él entró resoplando un guardia de seguridad: "lo siento, señor, corría demasiado".
"Está bien, no pasa nada"... Spaulding arqueó una ceja ignorando la interrupción. "¿Ayer? Lo siento, no sabía nada".